La primera escena suele ser pacífica, casi bucólica. Una postal montañosa: cerros verdes, hule de yunga, un hilo de agua limpia corriendo entre piedras. Pero la naturaleza no tiene intenciones ni piedad. El 15 de julio de 2011, en la Quebrada de San Lorenzo de Salta, la vegetación tupida funcionó sencillamente como una persiana baja. Allí entraron Cassandre Bouvier y Houria Moumni caminando, vivas, ligeras de equipaje, y allí el aire se detuvo.

Durante catorce días nadie buscó, nadie preguntó. En Salta, el silencio se acomodó entre las ramas como si nada faltara. Hasta que el 29 de julio un turista tropezó con una pierna rígida entre la hojarasca y la postal se pudrió en un segundo: los cuerpos no estaban simplemente muertos. Estaban masacrados. 

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Tenían los huesos quebrados, las ropas arrancadas, la carne violada; una tenía dos balazos tirados por la espalda mientras intentaba rodar por el barro y la otra el rostro desfigurado por un disparo a quemarropa en la nuca. Lo que vino después no fue la búsqueda limpia de la verdad, sino el despliegue salvaje de una justicia acorralada que prefirió la prisa antes que el rigor: policías cantiando sospechosos pobres en los calabozos, picana y palos para arrancar confesiones a medida, evidencias plantadas en casas de chapa y un expediente cerrado a martillazos que dejó a un padre francés rascando, durante quince años, la costra dura de una impunidad que todavía hiede.

La llegada a Salta

Cassandre Bouvier tenía veintinueve años, la tez pálida y el gesto reconcentrado de las universitarias parisinas que leen los clásicos en el subte. Houria Moumni tenía veinticuatro, la mirada firme, la sonrisa amplia y los orígenes marcados en la piel: hija de inmigrantes marroquíes, musulmana, criada en los suburbios austeros de la banlieue parisina. Había llegado a las aulas del Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Sorbona por una beca completa que se había ganado a fuerza de disciplina. Sus trayectorias, tan distintas en el punto de partida, convergieron en el campo de la investigación social y terminaron de soldarse en junio de 2011, cuando un coloquio especializado sobre la realidad política e histórica de la región las hizo compartir pupitre y debates entre Buenos Aires y La Plata.

Cuando las jornadas académicas terminaron, miraron el mapa. Una amiga les sugirió cruzar el Río de la Plata, recorrer Uruguay; prefirieron el Norte argentino. Salta era un destino más accesible para el bolsillo medido de Houria y ofrecía esa promesa mineral de las quebradas que encandila en las agencias europeas. No conocían a nadie allí. Llegaron en los primeros días de julio, pagaron una habitación modesta en un hostal del microcentro y salieron a la calle a ejercer el oficio sencillo del turista.

Fueron a las peñas de la calle Balcarce, comieron empanadas, recorrieron la Finca La Quesera dentro del circuito histórico güemesiano y caminaron sin prisa por el Parque San Martín. En ese parque se tomaron una foto que el tiempo cargaría de un cinismo involuntario: posaban sonrientes junto al monumento a Francia, un bloque de piedra blanca que ostenta el lema Liberté, Égalité, Fraternité. La cámara no encuadró lo que estaba justo a sus espaldas: cruzando la calle se levantaba el edificio de la Brigada de Investigaciones de la Policía de Salta, el mismo organismo que semanas después quedaría en la mira por armar pruebas e inventar culpables.

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El viernes 15 de julio, minutos después de las tres de la tarde, Cassandre y Houria pagaron la entrada e ingresaron a la reserva natural de San Lorenzo. Llevaban ropa liviana, una cámara réflex colgada al cuello y un teléfono celular en el bolsillo. Subieron por el sendero pedregoso y se internaron en la sombra del cerro. Nadie volvió a verlas. A partir de esa misma tarde, las líneas telefónicas quedaron muertas.

El hallazgo y la prisa

Durante catorce días, las valijas de las chicas permanecieron cerradas sobre el piso de la habitación del hostal sin que nadie en la provincia se sobresaltara. La rutina salteña continuó intacta hasta la tarde del 29 de julio. Un turista chaqueño que caminaba fuera del circuito pavimentado vio una forma extraña entre la hojarasca. Creyó que alguien descansaba al sol. Cuando se aproximó vio los pantalones caídos, la piel pálida, los tajos en la espalda y los ojos fijos en la nada.

El hombre corrió a avisar a los empleados de la reserva, pero nadie movió un dedo. Tuvo que caminar hasta la comisaría del pueblo para que un oficial se decidiera a acompañarlo. Cuando la comisión policial montó el rastrillaje, encontró el primer cadáver y, a unos pocos metros, escondido entre la vegetación baja, el segundo. El peritaje y levantamiento de los cuerpos se hizo de noche, sin luz, alterando la escena y pisoteando todo tipo de prueba.

Los exámenes del forense mostraron el ensañamiento. Las dos habían sido golpeadas con ferocidad, desnudadas y abusadas sexualmente. Cassandre tenía la cara destrozada y el impacto de una bala a corta distancia en la nuca, disparada con una carabina calibre .22. Houria presentaba incisiones en las manos —el instinto desesperado de defenderse contra la hoja de un cuchillo— y dos proyectiles en la espalda que la alcanzaron mientras intentaba escapar cerro abajo.

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La noticia explotó en la prensa internacional con la fuerza de un terremoto. En París, la noche del 30 de julio, Jean-Michel Bouvier —de barba cana, exmilitante del Mayo Francés y especialista en finanzas públicas— vio la placa roja en la pantalla de su televisor. Leyeron las palabras "dos turistas francesas" y no necesitó llamados de confirmación para entender que la vida se le había roto. Aterrizó de inmediato en Argentina, caminó por el pasillo frío de la morgue de Salta, reconoció el cuerpo ultrajado de Cassandre y juró que no se iría de allí hasta averiguar qué había pasado.

La fábrica de culpables

El juez de instrucción Martín Pérez, cercado por las exigencias de la cancillería francesa y las cámaras de televisión de medio mundo, buscó un atajo veloz. La Policía de Salta aplicó su vieja receta: salir a cazar en las barriadas pobres de la zona rural de San Lorenzo. Peones de campo, baqueanos y vecinos humildes terminaron alojados en los calabozos; tiempo después, varios denunciarían en expedientes olvidados haber sido molidos a palos y sometidos a descargas de picana eléctrica para que estamparan la firma en confesiones fabricadas.

La primera pista firme no brotó de la inteligencia policial, sino de una torpeza: semanas después del doble femicidio, el celular de Houria Moumni se encendió con un chip distinto. Las antenas rastrearon el movimiento hasta la casa de Gustavo Orlando Lasi, de 22 años, que solía realizar trabajos en el paseo turístico. Durante el allanamiento a su vivienda, la Policía encontró el teléfono y la cámara réflex de la socióloga.

El arma utilizada en los crímenes, una carabina calibre .22, pertenecía a Walter Lasi (69), padre de Gustavo. Pese a que una de las muestras genéticas obtenidas en la autopsia indicó un patrón compatible con la línea paterna de los Lasi, la Justicia sobreseyó al padre en enero de 2013 mediante una resolución apurada que dejó una marejada de sospechas.

Para la narrativa oficial, un solo detenido resultaba insuficiente. La Policía sostuvo la hipótesis de una banda e incluyó a Daniel Vilte Laxi. En su casa afirmaron haber secuestrado un arma que coincidía con las vainas recolectadas en la montaña. Años más tarde la trama se desmoronaría: el arma había sido plantada por los propios brigadistas, una maniobra que terminaría con dos efectivos imputados por falsedad ideológica.

Al mismo tiempo, la fecha del crimen abrió una disputa feroz entre científicos. Los peritos franceses que examinaron los cuerpos repatriados sostuvieron inicialmente que las muertes habrían ocurrido pocos días antes del hallazgo, una hipótesis que alimentaba la sospecha de que las jóvenes hubieran permanecido retenidas en fincas privadas pertenecientes a sectores del poder político local. Sin embargo, un peritaje entomológico sobre la fauna cadavérica realizado en Salta fijó la fecha de los homicidios el mismo 15 de julio, pocas horas después del ingreso al cerro, una conclusión que con el tiempo terminaron por ratificar los forenses galos.

Como ocurre con los grandes casos que marcaron la historia judicial argentina, el crimen de Cassandre Bouvier y Houria Moumni continúa proyectando interrogantes quince años después. Aunque hubo condenas, las denuncias por torturas, las irregularidades en la investigación, las pruebas cuestionadas y las sospechas de encubrimiento impidieron cerrar definitivamente las heridas. Para Jean-Michel Bouvier, el padre de Cassandre, la búsqueda de justicia nunca terminó. Y para Salta, aquel invierno de 2011 dejó una marca imborrable: la de un doble femicidio que expuso las falencias de un sistema que, en su afán por encontrar respuestas rápidas, sembró dudas que todavía persisten.